Poski

¿Por qué no cometer injusticias para obtener lo que queremos?

Mi reflexión platónica sobre la vida moderna en México


Hace algunos meses, en una conversación con mi buen amigo Diego Sardá, me dijo algo que se me quedó grabado. Con cierta tristeza, mencionó que en su creciente carrera profesional dentro de una firma local de abogados le ha sorprendido encontrarse con personas dispuestas a tirarte al piso y aplastarte con tal de quedarse con diez pesos más.

No sé exactamente a qué situaciones concretas se refería. Él, por su profesión, está mucho más expuesto que yo a dinámicas de poder, negociación y competencia directa. Pero su comentario me resonó profundamente porque tengo una sensación similar. Cada vez veo más disposición a sacrificar la moral por dinero y poder. Y lo más inquietante es que ya no parece necesario ocultarlo.

Frases como “todos jalan agua para su rancho” suenan casi razonables. En cambio, “el que no tranza no avanza” me parece sucia, descarada, pero también peligrosamente normalizada.

En el diálogo Gorgias, Platón pone en boca de Sócrates una tesis radical: es peor cometer injusticia que sufrirla.

Para nosotros, modernos y prácticos, esto suena extraño. ¿Cómo puede ser peor cometer injusticia que padecerla? Si alguien me roba, me humilla o me quita oportunidades, yo soy el perjudicado. ¿No es evidente que sufrir injusticia es lo peor?

En el diálogo, un interlocutor llamado Polos sostiene algo muy parecido a lo que muchos pensarían hoy. Que el verdadero mal es perder poder, dinero o influencia. El injusto, en cambio, obtiene ventajas. Pero Sócrates responde algo más profundo. El que comete injusticia daña su alma. Y el daño al alma es peor que el daño al cuerpo o a los bienes materiales.

Sin entrar en el debate metafísico sobre la existencia literal del alma, podemos entenderla de una manera más cercana. Ese núcleo interior que puede estar en equilibrio o en fractura, en armonía o en tensión, en serenidad o en intranquilidad constante. Llámese conciencia, carácter, estructura psicológica o integridad personal. La idea es que nuestras acciones no solo producen consecuencias externas, sino que moldean lo que somos por dentro.

En La República, Platón desarrolla con más detalle esta idea. Para él, la justicia no es simplemente cumplir la ley o evitar ir a prisión. Es un orden interior. En el Libro II aparece el mito del anillo de Giges. Un hombre encuentra un anillo que lo vuelve invisible. Puede cometer injusticias sin ser descubierto. Glaucón, hermano de Sócrates, plantea entonces que cualquiera haría lo mismo si tuviera impunidad.

Y si miramos la vida moderna en México, el argumento parece tentador. Cuando hay corrupción impune, cuando hay compadrazgos, cuando existen nexos entre poder político y crimen organizado, cuando el cobro de piso se institucionaliza en ciertas regiones, pareciera que la justicia es simplemente para los débiles.

Si nadie te ve, ¿por qué no aprovechar? Si el sistema está torcido, ¿por qué no jugar el juego? Es aquí donde mi propia duda aparece.

¿Es ingenuo creer en la justicia?

Me cuestiono si soy ingenuo al pensar que alguien puede crecer económicamente sin cometer injusticias. Me cuestiono también si soy ingenuo al creer que quienes acumulan poder de manera injusta son internamente miserables. Tal vez no lo sean. Tal vez duermen tranquilos.

Pero incluso si no puedo probar que el injusto es infeliz, sí puedo ver algo más. He visto cómo la búsqueda obsesiva del beneficio propio endurece a las personas. Cómo la presión psicológica constante, el regateo humillante, la manipulación estratégica, generan relaciones basadas en la desconfianza. Cómo el éxito obtenido a cualquier costo exige cada vez más concesiones morales.

No se trata solamente de delitos evidentes como el lavado de dinero o el cobro de piso. También hay injusticias más pequeñas y cotidianas. Como obtener contratos por amistad en lugar de mérito, inflar precios cuando el cliente está en desventaja, usar agresividad calculada para intimidar, promoverse por estima personal en lugar de competencia real.

No escribo esto desde una postura de superioridad moral. Yo mismo me cuestiono constantemente. Yo mismo he justificado mis injusticias como necesarias. Pero cada vez que vuelvo a la pregunta inicial —¿por qué no cometer injusticias para obtener lo que queremos?— me encuentro con la misma respuesta. Porque la injusticia no es solo una acción externa. Es una transformación interna.

Y aunque no pueda demostrar que el injusto es infeliz, sí sospecho que una vida construida sobre la explotación sistemática, la manipulación y el abuso termina por eliminar la posibilidad de una felicidad auténtica.

Tal vez la verdadera ingenuidad no sea creer en la justicia. Tal vez la verdadera ingenuidad sea creer que podemos romper el orden moral sin rompernos a nosotros mismos.