Poski

Educación

Aprender es un lujo.


Yo defiendo la narrativa que nos dice que la educación es el camino hacia la realización personal. Sin embargo y a pesar de lo que yo crea, esa narrativa ignora la realidad material evidente. La gran mayoría de las personas no estudia. Y los que estudian no lo hacen por pasión.

No te pagan por estudiar. Estudiar no genera dinero de manera inmediata. Mientras estudias, alguien tiene que pagar la renta, la comida, el transporte. La gran mayoría de las personas en México depende de un ingreso diario para solventar necesidades básicas. Otra gran parte tiene dependientes económicos como sus hijos, padres, hermanos. Muy poca gente tiene tiempo, energía o recursos sobrantes para dedicarse a explorar intereses intelectuales sin una promesa clara de retorno. Por eso estudiar no se trata de una decisión personal, es un privilegio.

Los pocos que tienen el privilegio de estudiar un grado alto, como una licenciatura, muchas veces no eligen lo que les apasiona, sino lo que ofrece mayor estabilidad económica. Con cierto nivel de estudios, las personas confían más en tus capacidades mentales. Y cuando las personas confían más en ti, es más probable que te contraten. Con cierto nivel de estudios es más fácil administrar un negocio. Los estudios son nuestra herramienta de inserción económica.

No todas las licenciaturas tienen el mismo mercado laboral. No todas son igual de redituables. Hay carreras con mayor demanda y mejores salarios, y otras con escasas oportunidades y remuneraciones limitadas. Y quienes sí eligen su pasión suelen estar dispuestos a sacrificar nivel económico por dedicarse a algo menos rentable. Pero para poder tomar esa decisión necesitas un colchón: apoyo familiar, estabilidad previa o la seguridad de que un error no significará caer en la precariedad. Si puedes elegir una carrera poco redituable por amor y pasión, muy probablemente vienes de un contexto económico privilegiado. Por eso, insistir en que “todos deberían estudiar lo que más les gusta” es desconocer las condiciones estructurales. El mercado decide antes que la vocación.

Cuando decides estudiar para conseguir un trabajo, tus estudios se convierten en una inversión de tiempo y dinero. Y como toda inversión, esperas un retorno: un certificado, un título, una credencial que aumente tus probabilidades de empleo y salario. En ese sentido, los estudios se vuelven un acto transaccional. Das tiempo. Das dinero. Das esfuerzo. A cambio esperas un documento que te permita acceder a mejores oportunidades.

El problema surge cuando no te apasiona lo que estudias. Entonces el objetivo ya no es aprender, sino obtener el título con el menor costo posible. Si no disfrutas el proceso, buscas optimizarlo. Pasar materias, cumplir requisitos, conseguir buenas calificaciones con el mínimo esfuerzo necesario. No te interesa tanto el conocimiento como el resultado. Y así, el modelo educativo se vacía de su dimensión formativa y se convierte en una maquinaria de certificación.

Yo soy producto de ese modelo. Soy de los pocos que tienen el privilegio de perseguir una licenciatura. Sin embargo, elegí un tema que no me apasiona, sino uno que promete buenas oportunidades laborales y buena remuneración económica. Entendí cómo funciona el sistema y aprendí a navegarlo. Obtener buenas calificaciones haciendo el mínimo esfuerzo. No me interesaba aprender tanto como obtener altas calificaciones, porque las altas calificaciones traen consigo más promesas de empleo y estabilidad.

Hoy entiendo que esa lógica es coherente dentro de la realidad económica en la que vivimos. Pero también entiendo que el modelo educacional transaccional no es el mejor modelo posible. Forma profesionales certificados, sí, pero no necesariamente personas apasionadas, críticas o comprometidas con su campo.

No se trata de culpar a quienes estudian por tener buenas oportunidades en el mercado. Al contrario, es una decisión racional dentro de un sistema que premia la credencial y la obediencia, y castiga el pensamiento crítico y libre.

Mientras la educación siga siendo principalmente un mecanismo de acceso al mercado laboral, seguirá siendo tratada como una transacción y no como un proceso de formación integral.

La pregunta no es por qué los estudiantes “no aman aprender”. La pregunta es porqué seguimos permitiendo que aprender sea un lujo.